Epidemia

La tos lo mantenía al borde de una convulsión. Comenzó con un estornudo y en breve estaba inmerso en un torbellino de espasmos sin poder dominar la brusquedad de los movimientos corporales.

Se estremecía con una potencia capaz de derribarlo. Cayó de bruces y su cara perdió el diseño original. El pómulo derecho se hundió al chocar durante la trayectoria con los balaustres de la puerta.

Una partícula ósea se separó de su rostro en el instante. El ojo había perdido el soporte. Quedó precariamente sujeto a la cavidad como una hoja prendida a la rama de un árbol en otoño. El lóbulo se balanceaba.

Desde mi ángulo podía ver su forma esférica casi perfecta, su textura viscosa, y unas fluctuaciones que rememoraban una acrobacia de complejidad temeraria.

Arqueado sobre la mugre, con la tos posesionada de sus pulmones, Higinio no podía incorporarse. El piso era su espacio vital. Un sitio donde la sangre se esparcía al compás de las contracciones. No sólo de la hendidura facial brotaba el néctar de vida. El color rojo también provenía de su boca mezclado con una espuma con signos de fermentación.

Yo había contado doscientas expiraciones en seis minutos, pero de seguro mi cuenta distaba de ser fidedigna. Mi crispación era un virus mortal. Una suerte de microbio que invalidaba el normal funcionamiento de los sentidos.

Un bulto sacudiéndose. El mismo que con su maldita inquietud había puesto mi miopía al desnudo. Hasta aquí duró acceso visual. Ambos cristales de los espejuelos yacían rotos sobre el charco escarlata a merced de nuevos atropellos.

Higinio amenazaba con convertirlos en chatarra. Sus convulsiones iban tornándose cada vez más dramáticas. Lo sabía por la rudeza de los movimientos que se sembraron en mis témpanos como raíces.

Sentí las salpicaduras de una expectoración en mis pies. Descalzo había abandonado la cama al captar el incremento de las vicisitudes de mi compañero de celda.

Las gotas llegaron calientes a mis tobillos. Una temperatura que me sacó los escalofríos del cuerpo.

Indudablemente, algún fenómeno térmico se producía a partir de las fricciones del aire pulmonar con la garganta. Esta última la suponía en una precariedad cercana a lo fatal. El fragor del trueno estaba vigente en cada explosión sonora que viajaba de los bronquios a la laringe con una perseverancia fronteriza con la ofuscación.

Otro percance borró de mi mente la irrigación salival que llegó a transformarse en un temblor con epidermis. Presumía que mis músculos eran un producto derivado del ilusionismo o un alijo de vapor. No los notaba. En aquellos cinco metros cuadrados llegué a experimentar la naturaleza de un fantasma.

La incertidumbre absorbía la materia. Yo, trémulo como alma en pena, en plena parálisis, al constatar el llamado de auxilio de Higinio que imaginé contiguo al ocaso.

Junto a la petición de socorro, la mano del atribulado se asió a mi pantalón con inusitada fuerza.

Pude medir por la presión del agarre la magnitud de la desesperación. Esto exacerbó mi torpeza, sin embargo logré sobreponerme tomando una bocanada de aire, no sin antes retroceder como quien se dispone a huir de una celada.

Por mi ceguera inducida por la fractura de los lentes fue imposible adivinar en detalle cuanto sucedía en el entorno. ¿En qué condiciones estaría Higinio? ¿Tendría la oportunidad de salvarlo? De acuerdo a la puntualidad rítmica de la tos y del jadeo intercalándose en el desarrollo del ataque, presumía lo peor. No obstante evité cerrar del todo el acceso al optimismo. Algo haría para que no se apagara una vida.

El tenía derecho a volver al seno familiar, dormir con esposa, hablar con Abel, su hijo más pequeño y ver, cuando se le antojara, el crepúsculo perdiéndose en el horizonte, sin las sombras de los barrotes.

Los embates de la nostalgia lo habían sumido en un estado depresivo tan pronunciado como la tos que ahora lo ahogaba. Las fotos, los recuerdos, el próximo cumpleaños de Mariela, la hija que mimaba con pasión y él allí, descorazonándose sin remedio, con el insomnio clavado en el cerebro y la tristeza esculpida a perpetuidad en el semblante.

Tomé su brazo con el propósito de levantarlo del suelo, pero mis esfuerzos fracasaron. La acción se cortó con un resbalón que produjo una caída doble. Los dos terminamos sobre la superficie ensangrentada. Higinio con una redoblada crisis y yo imposibilitado de erguirme ayudado por mis piernas.

Una capa jabonosa entorpecía la voluntad de sobreponerme al desplome. Las secreciones abarcaban un espacio considerable. Lo atestigùˆé al ampliar el radio de acción de mis extremidades.

Llegué a la conclusión que la charca contenía una dosis de saliva, mayor que la de sangre. De ahí los patinazos que propiciaron un total embadurnamiento.

El tórax de Higinio estaba abultado en la parte dorsal. Lo palpé por casualidad en medio de las maniobras propias de un ciego, como realmente lo era sin mis gafas.

La hinchazón ubicada entre la cintura y los omóplatos constituía un lecho que desorganizaba, aun más, mis ideas circunscritas a salvar la situación.

Higinio amenazaba con reventarse, las auscultaciones que practicaba casi al azar imponían unos vaticinios espeluznantes. Un estallido, los retazos de pleura pegados en las cuatro paredes, los alvéolos como esquirlas empeñándose en cubrir mis ropas y mi cara. No quería ni pensarlo. Milagrosamente, después de batallar sin descanso en un lapso de dieciséis minutos conseguí levantarme. Estaba exhausto.

La tos se sentía lejos, en un segundo plano, acompañada de unos ronquidos leves como susurros.

Podía dar una distancia aproximada del cuerpo de Higinio respecto al mío anegado de flujos y debilitado. Estaría a tres metros, inmóvil, quizás bajo los efectos del sueño o en las postrimerías de un adiós definitivo.

Es lo último que recuerdo. El ojo aquel explotó con una pisada que hice a tientas. Caí hacia atrás violentamente.

Un salto en el estómago me provocó el desparrame. Supe que era el globo ocular por su redondez y estructura flácida reflejadas en la planta del pie.

Por eso estoy aquí enyesado de cuerpo entero y tosiendo como Higinio. El penúltimo reo que la tuberculosis se llevó.

 

Tomado de ‘Huésped del infierno’, Editorial Aduana Vieja, Valencia, España; ed. febrero 2007

 

PUBLICADO POR APLP EN 10:47